Vuelo nocturno.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Epílogo

                  (Alma)

   Una pequeña niña interpretaba una famosa melodía en el piano que estaba en medio de una sala amplia sostenida por una única columna inmaculada. Detrás del instrumento había un gran ventanal abierto que dejaba pasar una cálida brisa de primavera que movía ligeramente las cortinas que rodeaban el ventanal. En un sillón marrón claro, estaba sentada yo, escuchando la preciosa melodía. Una de mis manos posaba en mi hinchada barriga. Sonreí.
    La niña tenía los ojos cerrados, sus cabellos parecidos al oro estaba recogido por una trenza que empezaba desde la raíz y acababa hacia la mitad de su espalda.
    La música dio fin con un acorde. La niña sonrió y abrió los ojos, me miró  interrogante.
    -Me ha encantado, Estrella.-la intérprete rió y se acercó hacia mi, se sentó a lado y acarició mi barriga.
    -¿Cuándo va a nacer los bebés?-preguntó, su voz era cantarina e infantil, pero bella.
    -Pronto, ya verás que bonitos serán.
    -Si quieres puedo hacer de papá.-dijo Estrella. Sonreí apenada y acaricié su rostro.
    -Claro que sí, mi amor.
  
    Después del 11M, que ahora lo llamaban así, al atentado en el que murieron Lune y Ángel, Odei desapareció sin dejar rastro. Mi padre se sumió en una melancolía profunda y mi madre no dejó de llorar durante casi un mes. Yo no podía llorar, era mucho peor que eso, sentía vacío por todo mi cuerpo, me quería morir. Una vez empuñé cuchilla en mano, pero... por alguna razón no pude, se me cayó de la mano y me eché a llorar por primera vez en todo un mes. Lloré por Ángel, por  Lune, por Odei, por mis padres y sobre todo... por mí. De nuevo estaba sola en el mundo, nadie me iba a comprender igual que él, que Ángel.
    Pasaron varios años, cuando ingresé en la universidad de mi ciudad, hice la carrera de bellas artes, y varios cursos de fotografía. Cuando terminé, alquilé un pequeño estudio que hacia también de mi hogar.
    Una vez por semana aparecía en casa de mi padre, para visitar a Estrella, quien se sentía sola y algo aburrida, y mi presencia la llenaba de luz y de felicidad. No tengo muchos amigos, me confesó una vez. Soy rara.
    Cada día venía un chico distinto a mi casa, me sentía sola y quería llenar ese vacío que tanto me atormentaba. Pero ninguno era igual que él.
    Una noche, Estrella acababa de cumplir cinco años,  me encontré a alguien que no esperaba, tirado de cualquier manera, borracho y con una barba de varios días, dormía apoyado en el marco de mi puerta. Con gran esfuerzo de mi parte, conseguí que, Odei, pudiera tumbarse en mi cama. Yo poco después de dejarlo, me quedé rendida en el sofá, con una sonrisa de felicidad en el rostro.
     Al día siguiente, Odei tenía resaca y gemía sin parar. Yo limpiaba constantemente su frente caliente y le tapaba con varias mantas gruesas pues, estaba resfriado.
     Una semana después, estaba bastante recuperado, débil y hambriento, como un perro callejero, le obligué a afeitarse y a asearse. De nuevo en la cama, tumbado en sábanas limpias y con un gran tazón de caldo en la mano que no dejaba de sorber, hablamos de las muchas cosas que nos habían pasado, en uno de los silencios que se produjo, me miró a los ojos, que eran iguales a los de Ángel, y susurró:
      -Gracias por todo, de verdad. Solo te hecho mal, pero tu siempre me has estado cuidando.
      -¿Qué mal?-pregunté sonriéndole, con un gesto le quité importancia al asunto.-Pareces cansado, ¿qué tal si duermes? Yo tengo que visitar una galería.-Lo forcé a tumbarse y deposité un beso en su frente y me fui.

     Cuando llegué a mi casa, Odei estaba sollozando.
      -¿Qué te ocurre?-le pregunté abrazándolo.
      -Nada... soy un mounstruo.-exclamó.
      -Eres un loco,-sonreí para animarle.-¿Qué maneras son esas de gritar?-acaricié su pelo y acuné su rostro en mis brazos. Poco a poco se tranquilizó, hasta aceptó una manzana pelada.

      -Hola, Al.-saludó Estrella cuando me acerqué a ella. Estrella vestía con un grueso abrigo y unos pantalones rojos de pana. Su pelo estaba suelto, menos un mechón de su frente que estaba agarrado con un pequeño lazo negro que constrastaba con su pelo rubio.-¿Este quién es?-preguntó nada tímida, mirando fijamente a Odei.
       -Soy un amigo de Alma,-sonrió.-¿Cómo te llamas?
       -Me llamo, Estrella. Encantada.-y alzó una de sus manitas que Odei estrechó suavemente.
       La recogí del suelo y la besé en la frente.
       -¿Qué haces tu sola en el jardín?
       -Es que me aburro, papá está durmiendo.-suspiré y entré en casa con la copia de la llave que siempre tenía encima.
     
       -Pero papá, Estrella necesita una educación, no un hombre que se emborracha todas las tardes después de trabajar y que luego se queda dormido, borracho como una cuba, en el sillón. Yo me encargaré de su educación mejor que tú. ¿Es que no lo ves?-le grité. Mi padre, antaño un hombre bastante joven y guapo se había convertido en otro ojeroso y bastante borracho.
       -A lo mejor tienes razón.-suspiró al fin. Llevábamos discutiendo más de dos horas.
      El traslado se hizo rápidamente, me llevé un macuto con algo de ropa de Estrella y llevé a la niña a mi estudio donde le coloqué una pequeña cama, al lado de la mía. La niña estaba radiante de alegría y me abrazaba constantemente.
      Una noche, alquilé tres asientos en un concierto de piano. Vestí a la niña y junto con Odei, partimos hacia el auditorio. Estrella se quedó fascinada con el instrumento y en el camino de vuelta insistió en que la apuntáramos en algún sitio donde pudiera tocar el mismo instrumento. La ingresé en una escuela de piano, algo caro, pero me hacia feliz ver a Estrella contenta. Mi padre al enterarse, compró un gran piano de cola que dejó en el salón de su casa. De vez en cuando Odei y yo acompañábamos a la niña a la casa de mi padre.
      Un día, Odei despareció de mi hogar, de mi vida. Me dejó un colgante de oro, que al instante descubrí para quien era: una luna parecía abrazar a una pequeña estrella y una nube cubría a las dos como un manto protector. Lune, Estrella y Odei. Suspiré, Odei era el padre de la pequeña.

     Poco después, descubrí que en mi interior, había germinado la semilla que había plantado Odei en mi interior.
     Nacieron mellizos, una niña, pequeña y morena, con unos pequeños ojos plateados... y un niño idéntico a Ángel, moreno y ojos oscuros.

     Alma y Ángel... de nuevo.
     Ahora creo en los "para siempre".

1 comentario:

  1. Wow Funny n se que decir... Me ah dejado muda el final, no lo esperaba y eso me ha gustado que sorprendas, solo que ... Dios dos hermanitos, Lune muerta, Angel, Odei se va, los deja de nuevo... La pequeña estrella... al menos supimos quien fue el padre de la pequeña... La historia me parecio real, algo que puedo llegar a ocurrir, que ocurrio, oh que ocurrira.. no lo se peor ah estado hermoso, espero seguir viendote por aqui publicando cosas tan hermosas como nos tienes acotumbrados


    Besos

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